(200) Desde Bologna
El primer viaje panepanner y también, lo que leí y comí en enero
Dejé las fotos de esta newsletter subida el jueves 29 de enero, pensando que en Bologna tendría tiempo de escribir la newsletter.
Bueno, no me equivoqué del todo, porque sigo técnicamente en Bologna. En el aeropuerto, esperando al vuelo a Oporto que tiene un poco de retraso.
En algún momento de este viaje me preguntaron, en una tienda, de dónde éramos. “De Madrid… Galicia… Málaga… Oslo…”.
Ah, una reunión de amigas de la universidad?
“No…”.
Y qué os ha unido?
“…¿Yo? Es más fácil explicarlo diciendo que somos una secta”.
Y por esa cara sin una mueca de sorpresa hay que darle un premio a la encargada de la tienda Fabbri de Strada Maggiore. Por eso, y porque atiende de maravilla y si hubiéramos podido le habríamos comprado la tienda entera.
Estos días, después del viaje a Bolonia, me habéis escrito varias personas preguntando cómo apuntarse al próximo. Y me ha hecho pensar.
Otra persona, allí mismo, me preguntaba cómo se puede venir a un viaje Panepanner. Y lo único que se me ocurre es parafrasear lo que decimos en Guitián Mayer: si tienes un problema, si nadie más te puede ayudar, y si puedes encontrarnos… quizá puedas venir a un viaje Panepanner.
Los viajes de Panepanna no son algo que se “compra” ni una meta a la que llegar suscribiéndose. De hecho, no deberían ser la razón para hacerse panepanner. Son algo que a veces ocurre porque existe Panepanna, no al revés.
Panepanna no es un servicio que promete resultados, es más bien un espacio en el que estar. La pregunta no es tanto qué obtengo, sino qué me pasa a mí por estar aquí.
Ser Panepanner (suscriptor de pago) es lo mínimo imprescindible, porque es la puerta de acceso al grupo de Telegram. Luego hay que contribuir: dando y pidiendo información, chismes, recetas, consejos. Y finalmente, hay que encajar. No en un sentido excluyente, sino humano.
Estos viajes son cortos pero intensos. Han sido unas 60 horas de desayunos, paseos, mercados, compras, museos, mercadillos, cafés, baños, catas improvisadas. No es obligatorio estar siempre juntas, claro, pero es lo que surge de manera natural. No es un viaje “cada una por su lado”, es una convivencia.
Por eso, para que un viaje funcione, yo necesito conocerte antes. Haber compartido tiempo y conversación contigo. No es una cuestión de simpatía, sino de cuidado del grupo y de la dinámica. Este viaje no lo haría con o para cualquiera. No es un producto que me puedas encargar, igual que no comparto cama con cualquiera (hola Esther!).
En ese mismo sentido fue especialmente bonito que Monica Campagnoli, de la newsletter Fritto Misto (que os recomiendo encarecidamente), nos acompañara una mañana y nos enseñara dónde compra ella… y también dónde no. Gracias, Monica, por el tiempo, la generosidad y el criterio compartido. ¡Nos han quedado dos o tres conversaciones pendientes!
Leyendo hace poco la newsletter de Mariachiara Montera, me resonó mucho una idea: la de la fricción. La necesidad de recuperar el esfuerzo frente a la facilidad constante de convertir cualquier experiencia en un servicio, cualquier viaje en una lista de direcciones. Mariachiara cita a su vez de Working Theorys algo así como que las cosas ligeras moldean la cultura, pero rara vez nos moldean a nosotras. Y creo que aquí hay algo de eso.
Yo puedo acompañar, orientar, compartir mirada. Pero no creo en viajar, ni en comer, ni en aprender, a base de copiar y pegar direcciones. Panepanna no existe para ahorrarte el esfuerzo, sino para que el esfuerzo merezca la pena.
En fin. Bologna ha estado bien. Yo intenté hablar de cosas serias (“como escribía en la newsletter…”), pero esta gente pasa muchísimo de mí -soy una kultleder bastante anómala- y es por eso que las quiero. Hemos acabado con las existencias de faldillas para la moka (no son fáciles de encontrar), hemos bebido Lambrusco bueno (sí, existe) y Spritz. Hemos traficado embutidos, queso, verdura y tortellini.
En fin: nos volvemos felices. Y pensando, claro, en el próximo viaje.
Próximamente y autobombo
★ En El Comidista he publicado la receta de la Verduras en leche de coco aromática. Recetón, aviso.
★ En la web hay recetas y artículos nuevos:
La Stracciatella, una sopa sencilla y de caldo y huevo
Mi receta de Polpettone al horno
Un postre fácil y sabroso, lo Zabaione
En enero he conseguido seguir leyendo. Lo digo así no por performance , sino porque para mí es importante leer, y leer poco es una señal de que algo no va bien (o que trabajo demasiado).
Jilly Cooper: Class (1979). Una visión de la sociedad británica desde todos los puntos de vista: cómo hablan, dónde viven, con quién se emparejan, dónde estudian, qué escuchan. Con mucha ironía Cooper hace una fotografía de la Inglaterra de los años 70 que nos puede hacer gracias perfectamente 50 años después. (No sé cómo llegué a este libro o a Jilly Cooper, creo que por Raquel Peláez. Tendría sentido).
Maggie O’Farrell: Hamnet (2020) - He leído la novela en 3 días para llegar a tiempo a la película. Aún tengo en la cabeza cómo O’Farrell ha descrito, detalle a detalle, las casas, el bosque, los gestos y los sentimientos de los protagonistas. Es una radiografía de las emociones de una mujer, y madre, pero también hay mucha empatía hacia él, que hace lo que puede como puede para gestionar lo que le viene encima.
Anya von Bremzen: National Dish (2023) - Más que un libro sobre platos, este un ensayo sobre cómo la identidad nacional se ha ido construyendo también a través de la cocina. Von Bremzen recorre Nápoles, Tokio, Sevilla u Oaxaca para mostrar cómo ciertos platos acaban convertidos en símbolos útiles. La cocina ocurre por muchas razones y casi nunca como un gesto consciente de afirmación nacional; es después cuando se fija y se utiliza. Yo, al menos, he leído este libro no tanto como una fuente de datos o anécdotas (aunque está bien documentado) sino como una excusa para pensar qué quiere decir “nacional”.
Eva Morell: Refugio (2025) - Eva “la de las cabañitas” es como identifiqué a Eva Morella el pasado octubre en Donosti. Después de años de la newsletter El club de la cabaña Eva ha plasmado el mundo de las cabañas en este libro: la historia, las formas, y qué representan las cabañas para nosotras.
John McQuaid: Tasty (2015) - Un ensayo divulgativo que estaría bien encontrar traducido… McQuaid habla del gusto no como un sentido simple, sino como una experiencia compleja en la que intervienen el cuerpo, el cerebro, la memoria y la cultura. Cruza genética, microbiología, neurociencia y filosofía para explicar por qué nos gusta lo que nos gusta (y por qué no a todos nos gusta lo mismo) sin caer en el determinismo.
Viet Thanh Nguyen: The sympathizer (2016) - Una novela incómoda y muy lúcida sobre la identidad. El protagonista escribe en primera persona, y está escindido entre dos países, dos ideologías y dos lenguas. De paso desmonta los relatos simplificados sobre la guerra de Vietnam y, tema que me interesa más, distintas formas de vivir el exilio.
Cantabria
Ruda - Me arrepiento de pocas cosas en mi vida: una, de no haber empezado a calcetar antes. La otra, de haber tardado más de un año en ir a Ruda. Platos vegetales, contrastes de sabor y textura pero nada difícil, una carta (no menú degustación) donde el único problema es decidir qué NO pedir. Platos entre 13 y 18 euros, bebidas no alcohólica hechas por ellos (tepache, kombucha, soda). Puedes ver la carta aquí e ir mirando el calendario para ir cuanto antes. Esto es lo que escribió Jorge Guitián en la Vanguardia: Ruda: cocina que mira al futuro en los Valles Pasiegos
Garbo - Bendito el día que Berta me escribió y así asistí al nacimiento de Garbo. Solo he ido dos veces, porque Santander me pilla a desmano, pero quiero repetir todas las veces que pueda. No es fácil encontrar un sitio de cocina italiana donde yo quiera volver y garbo es uno de ellos. Es que no es “un sitio de cocina italiana”, es un sitio donde se come bien y se está a gusto. He escrito de ellos en Directo al paladar, así lo vas a entender mejor: Garbo, una trattoria italiana hecha desde Santander con técnica, producto local y buena música
Santiago
O Ferro - ¿Vais a O Ferro? Id a O Ferro. Por las patatas chips del aperitivo, pero también para sentarte y comer bien. El apartado carnaca está destinado probablemente más al público médico del hospital cercano, pero hay más de dónde comer. Un puñado de camarones, el sashimi de lubina curada en sal, azúcar y café (tan improbable como rico) y la mejor lamprea que haya comido nunca (además servida por ración). También es probablemente la última que coma -porque se acaban y porque por esta misma razón ya no es ético comerlas. Pero a O Ferro puede seguir yendo.
Oura Pizza - Esperaba la apertura de Oura desde el verano, y dejé pasar las fiestas y las primeras semanas de rodaje. Está en Area Central, en un espacio tipo Mercado Gastronómico. El lugar no es el más bonito y el servicio puede ser errático, y aun así os recomiendo venir a Santiago para comer esta pizza. O más bien estas pizzas, porque Julio Gómez domina distintas masas. La suya es la napolitana contemporánea (borde grueso y alto), pero también hay romana tonda fina y crujiente y romana en teglia con toppings variados. El día que fui yo estaba todo delicioso, y decir cuál me gustó más sería como elegir entre Korma y Negroni (bueno, en realidad elijo Korma, pero ya me entiendes).
Y con esto se acaba la newsletter de hoy. Vuelvo en una semana, gracias por leerme.


















La mejor descripción del viaje. ❤️
¡Qué bonito has descrito los viajes Panepanners! 🧡